Bichas #38. - Paciencia.
La hermana virtuosa de la espera.
Hablo de virtud como hablo de mi infancia como hablo de paciencia: todo esto era lo mismo cuando era pequeña. Todo era mirar desde abajo las hojas de la higuera aguardando pacientemente a que salieran los higos en agosto, todo era tener paciencia para meterme a la piscina después de comer, nadando en el agua con solo mirarla, todo era permanecer en calma hasta volver a casa para matar un aburrimiento que era como un pozo sin fondo. En esa paciencia se enmarañaba la conformidad que se nos impone cuando somos niñas, pero era una paciencia natural. No había mucho más que hacer que aprenderla y entrenarla.
Ahora pienso que debí haberme guardado un frasquito más grande de aquellos días en los que solo esperaba a que amaneciera o atardeciera. Ahora que ejerzo laboriosamente la paciencia como un escudo contra todo y contra mí misma. Ahora que en mi cabeza resuena la palabra paciencia como supuesta solución a demasiados males, ahora que la paciencia es un arma arrojadiza que las otras nos ha dado y nos ha disparado, ahora que sé que ser adulta y tener paciencia y no rebelarse y patalear y chillar y meterle prisas al mundo o al tiempo o a lo que sea es lo único que me define como tal.
Uf. Te leo y pienso que la paciencia a mí también me une con la infancia, pero de una manera distinta. Recuerdo ser muy pequeña y escuchar: «Tienes que tener paciencia». Yo no entendía el concepto. No sabía lo que significaba la paciencia. ¿Era esperar? ¿Era un contador de enfados para los adultos? ¿Era no tener lo que quería o necesitaba en esos momentos? Asumí que era una idea de los mayores, a la que yo sencillamente no podía tener acceso. Que cuando alguien decía «Se me está agotando la paciencia contigo» es que iba a enfadarse mucho, o que esos «Esta persona no tiene paciencia» significaba que había algo en ese individuo que no funcionaba bien. Un fallo, un fracaso. Esta manía de enfrascar y etiquetarlo todo. Necesitaba entender, porque lo he necesitado siempre, y esas fueron las instrucciones que me di a mí misma.
Te pedí que hiciéramos paciencia porque estos días, ya mayor y adulta y conceptual yo, estoy repitiendo mucho «Trabajando mucho la paciencia» cuando me preguntan cómo estoy. Es una respuesta que se podría asociar a casi la totalidad de rachas en mi vida (siempre esperando algo, siempre buscando algo, siempre lidiando con el cansancio de la asalariada), pero en esta ocasión se asocia a una lesión de ligamento de la rodilla que me ha embarcado en una suerte de nuevo confinamiento personal. Asumir un impedimento físico no es fácil porque yo me quiero curar ya, así de rápido, y volver a entrenar e ir andando a los sitios y coger la bici (no cojáis bicis del ayuntamiento en días de lluvia si no queréis acabar lisiadas como yo) y subir y bajar escaleras rápido y no gastar más dinero en fisios y taxis. Pero tendré (tengo) que ejercer laboriosamente la paciencia, como dices tú. Qué remedio. Vaya putada entender el concepto.
La paciencia es lo quizás el único asidero de (auto)/control que tenemos en ciertas situaciones. Si lo pienso así, la veo más indigna, más secretamente nociva cuando actúa como el último resorte que nos queda para combatir contra lo inevitable y lo aleatorio, contra el uso de nuestra vida que no queremos pero que no nos queda más remedio que soportar. No puedo imaginar lo difícil que debe ser querer continuar con las actividades de la forma en que lo hacías hace unas semanas, pero no poder. Guárdate un frasquito de la paciencia que trabajes, por si necesitas darme un poco algún día.
También es cierto, tal y como pasaba cuando hablábamos en Bichas #37 de la espera, que la paciencia puede ser un regalo que se intercambia. Trabajamos como profesoras, sabemos que el cariño por esas pequeñas personas que a veces nos hacen la hora imposible se contiene en aguardar pacientemente a que aprendan su propia autorregulación. Además, precisamente tú y yo, autoconscientes hasta la náusea como somos, agradecemos siempre la paciencia que otras tienen con nosotras (incluso cuando no ha habido uso de la paciencia por la otra parte).
Después de no haberla tenido en muchas ocasiones, ahora creo que sin paciencia las relaciones no pueden funcionar del todo (o no, al menos, como a mí me gustarían). Creo que debemos tener y regalar paciencia, como tú dices, para muchos cócteles molotov que pueden hacer saltar por los aires un vínculo: las inseguridades, las palabras que piden paso después de un enfado, las anticipaciones, querer hablar por la otra como reflejo de nuestro propio dolor, llegar a acuerdos que son siempre necesarios.
Estas cartas son destellos en ese sentido. Todo esto no se ve ni se lee, pero nuestras semanas pasan por muchos altibajos y a veces se pueden palpar parcialmente aquí. Hay veces que queremos escribir y no podemos; otras nos pasa al revés (y no pasa nada). Una puede tener que tirar de la otra, reforzarla positivamente, repetirle que todo va a estar bien. Supongo que es una paciencia que ni siquiera nos planteamos: sale sola porque forma parte de nuestra relación. Nos sabemos y nos conocemos y también hemos tenido que tener paciencia para ello (y más nosotras: al principio parecía que todo fluía para encontrarnos pero nosotras nos resistíamos a ser amigas). Es una palabra con muchos matices, pero entre nosotras se trata de haber encontrado serenidad y calma en la otra; de hacernos más fácil aguantar los altibajos porque, sencillamente, la otra está y estará siempre ahí.
Estas semanas a estas BICHAS les ha dejado huella…
Una imagen. Una frase. Un texto. Por partida doble, claro.
Un gatito siendo paciente desde 1857. De la serie Cien famosas vistas de Edo, los famosos grabados en madera pintados por Hiroshige.


«—Ah, ¿sí? ¿Y de qué va?
—De hacer por un desconocido lo que normalmente solo se hace por la familia.
—Es otra manera de verlo —dijo—. Personalmente, prefiero esta versión: va de hacer por los muertos lo que normalmente solo se hace por los vivos».En «Los kodokusha», novela de Milena Michiko Flašar traducida por Virginia Maza, Suzu comienza un trabajo peculiar: forma parte del equipo de limpieza que se encarga de limpiar de las casas las huellas de la muerte solitaria (kodokushi). De lo mejor que he leído este año (gracias, Cris, por ser mi proveedora de libros favorita).
«Algunas recomendaciones para luchar contra la sensación de ser impostora, a nivel individual, tienen que ver con recordarse a una misma los propios logros o conservar cerca las evidencias de la propia excelencia.» Estos días, por cosas de la vida (como dice el artista Dano: siempre cosas), estoy reflexionando mucho sobre la autoexigencia y la incapacidad de reconocer mis propios logros. En este artículo de El Salto, Todas somos impostoras, la autora se centra más en la carrera académica pero creo que arroja claves con las que muchas nos podemos sentir identificadas.
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La paciencia que “fabricamos” (la que tenemos o damos a los demás, la que construimos para aguantar hasta recibir ciertas noticias) me parece sana, porque nace de nuestra voluntad y consciencia. La que nos piden que tengamos… ya tal.
Algo que al menos a mí me ayuda con el síndrome del impostor es, en la línea que apuntáis, enfrentarlo a verdades objetivas, despojadas de opiniones y también bien mensuradas. A veces nuestra cabeza quiere dar mucho peso a cosas que, realmente, no lo tienen.
Ale, cierro por hoy que parece que quien hace un boletín soy yo.
Qué necesaria la paciencia, empezando hacia una misma. Y, por qué no, qué necesario permitirnos la impaciencia, sobre todo las mujeres, a quienes se nos impuso la paciencia. Permitirnos expresar lo que salga en ese momento en que nos llega el pensamiento "tengo que ser paciente"; a veces sí, elegiré ese camino, pero otras puedo permitirme ese mensaje, esa conversación que necesito tener en ese momento. Aceptaré si la otra persona dice _no_, pero al menos habré expresado lo que necesito.
Gracias 💚